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La Reforma protestante: 500 años

En este año de Aniversario histórico, de reflexión sobre los acontecimientos decisivos que cambiaron para siempre el sentir cristiano de esta Europa agridulce.

En este cumpleaños de la mayor revolución cultural y espiritual que ha tenido el mundo desde los tiempos de la cruz, que afectó tan profundamente las relaciones de millones de seres, y no sólo entre ellos, sino también y, esencialmente, con respecto a Dios, el Dios cristiano.

En nosotros, los beneficiarios de tal evento, produce gratitud de aquel retorno a la Palabra de Dios registrada en la Santa Biblia, que significó el levantamiento de aquella generación y de aquel escogido que fue Lutero.

No nos engañemos, esencialmente, la Reforma es el triunfo de Dios sobre la esclavitud en que tenían sus enemigos su Santa Palabra.

Que Dios en Cristo participa de los acontecimientos humanos, no hay para nosotros la menor duda. No así de claro lo entienden los mini dioses ateos, los ciegos que creen sólo en sí mismos, que reducen la reflexión a acontecimientos económicos, políticos, estratégicos a los intereses de los actores de aquella época.

La fe no nos ciega para ver muchas lecturas y muchos aspectos, todos muy razonados: los nacionalismos, el control político-religioso, la lucha por los impuestos... ¿Cómo no? Sino que, admitiendo esto y mucho más, vemos el celo del amor de Jesucristo por su Iglesia y la donación de su Revelación Escrita al pueblo en general; en su idioma nativo, a su alcance económico, entrando de lleno ese Sacro Volumen en la vida y en los hogares de millones de ansiosos buscadores de la Verdad Divina y liberados para siempre de intermediarios que, ni entraban, ni dejaban entrar.

Pero lo más preocupante no es que los historiadores al servicio del laicismo militante tergiversen y narren los acontecimientos sucedidos como mera lucha de poder y sectarismo.
Lo doloroso es la ignorancia y la indiferencia de los herederos espirituales de aquellos valientes que, con todos sus defectos e incluso pecados, sangraron y lloraron para que las generaciones futuras recibieran como legado la perla de gran precio.

Un pueblo que se auto califica de Pueblo de Dios no puede, no debe, ignorar su historia, menospreciarla y no atesorarla, porque esto sería no reconocer que Dios ha estado rigiendo a toda clase de hombres y mujeres, hasta el sacrificio cruento, para que su Verbo, sus apóstoles y profetas se convirtieran para siempre en los verdaderos maestros y guías de su amado y anhelado Pueblo.

Dicen voces al servicio del poder temporal que Lutero rompió la unidad eclesial. Si la pretendida unidad había de mantenerse con la sacra Inquisición, muchos creían y creemos que la unidad de la que hablaba nuestro Señor Jesucristo es preferible, pues está basada en el milagro del Amor divino en aquellas memorables palabras:

“y sabrán que sois mis discípulos en que os amáis los unos a los otros”.

Así que esto le queda hoy al cristianismo bíblico: la fe, la esperanza y el amor. Y aquella sana investigación que recomendaba el apóstol de los gentiles:

“examinadlo todo y retened lo bueno”.

Gracias a Dios en Cristo por todo su Pueblo, en todas las edades y, en especial, por aquellos del tiempo de la Reforma Protestante.

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