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El proceso de Jesús

En el proceso de Jesús no hubo un abogado siquiera. Todos se volvieron fiscales, acusadores.

Sólo hubo una mujer, la única que estaba convencida de que Jesús era justo y envió un mensajero para intentar detener el proceso, diciéndole a su influyente marido: "No tengas que ver con aquel justo; porque hoy he padecido muchas cosas en sueños por causa de Él" (Mateo 27:19)

Pero esa voz, en medio de tantas voces, fue apagada. El que era justo fue absorbido por la injusticia.

Hubo alguien más que sabía que Jesús era justo, pero no estaba convencido de ello, pues estuvo en sus manos salvarle la vida y terminó por lavarse las manos entregando al pueblo a un inocente sabiendo que lo era. Dos personas que estaban unidas, las dos tenían el mismo concepto de Jesús, las dos sabían que era justo; una trató de salvarlo mientras que la otra, pudiéndolo haber librado, lo mandó a la muerte.

Y es que aunque se esté unidos en el cuerpo, se puede no estarlo en el espíritu. Esto fue lo que sucedió con Pilatos y su esposa. Lo mismo que puede suceder en el Pueblo de Dios, en la Iglesia, que puede haber una unidad corporal o externa pero no en el espíritu del Señor. Unos tratan de construir la obra que Dios ha puesto en nuestras manos, mientras que a veces otros la tratan de destruir.

Ojalá no seamos como Pilatos, que sabiendo que Jesús era justo "se lavó las manos". Dios nos libre de semejante "limpieza". Dios nos libre de semejante inhibición, para que seamos más comprometidos con la verdad y por la verdad, por la justicia contra la injusticia.

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